Mi Primer Día en la Ciudad











30 de Dic de 2007, 20:49 hrs.

Esa mañana había salido temprano de mi pueblo, estaba nervioso pues nunca había ido a la ciudad de Morelia y lo peor, no tenía adonde llegar.
Había empacado mis únicos dos pantalones en mi mochila y me había calzado mi único par de tenis desoyendo los argumentos de mi padre.
La noche previa había estado platicando con él y con mi hermano mayor pues tuve que decidir que sería de mi vida después de terminar la secundaria. Ellos me dijeron: No tienes a donde llegar ni dinero para ir a Morelia, francamente es imposible que sigas estudiando pues no hay dinero para ayudarte.
Yo contesté que eso no importaba y que al día siguiente vería la forma de irme.
Tenía un poco de dinero que había guardado para la ocasión de mi beca de la escuela que, aunque no era mucho, por lo menos me serviría para los pasajes (Después de todo, entendía perfectamente a mi padre, pues con trabajos podía llevar dinero a casa para la comida y mi hermano y yo trbajábamos durante las vacaciones escolares cortando fresa o haciendo algún otro trabajo en el campo con el fin de ayudar a nuestro padre y ganar un poco de dinero para nosotros)...
En el mes de abril a mayo, labrábamos la tierra con un azadón: Eran tierras prestadas por los ejidatarios a cambio de que al cosechar, allá por el mes de diciembre y enero, se les dejara el rastrojo del maíz para sus vacas.

Eran días de trabajo duro pues nos íbamos con el azadón sobre el hombro mucho antes de la salida del sol y regresábamos a casa a las tres de la tarde, aveces, para regresar de nuevo y continuar y terminar antes de que el tiempo de aguas iniciara por el mes de junio, fecha en que se siembra el maíz, frijol y calabaza.
Aveces, cuando sembrábamos en nuevas tierras porque ya no eran productivas las que labrábamos, había que desmontar lugares llenos de piedras donde se intercalaban pequeñas zonas planas y laderas, bajo un sol abrazador para luego, con el paso de los días una vez terminado el desmonte, quemar.
Cuando iniciaba el tiempo de lluvias, en el mes de junio, nos íbamos a sembrar en la primera lluvia fuerte. Después, con el correr de las semanas y ya que había nacido el maíz, había que escardar y después, volver a escardar a lo que llamábamos "asegundar". Luego había que chaponear... total que todo el verano había qué estar al pendiente de la siembra hasta el mes de septiembre en que regresábamos a clases para estar al atentos de esta por las tardes una vez que habíamos acudido a la escuela.

Esa noche no pude dormir por la ansiedad y el temor propio de enfrentarse a lo desconocido, por pensar a donde habría de llegar una vez estando en esa ciudad desconocida para mí que era un muchacho pueblerino que a lo más, había salido de mi pueblo a Zacapu, Zamora y Tocumbo durante los concursos deportivos o académicos de la secundaria.
Durante esa etapa, era un muchacho un tanto aplicado,no en el sentido de inteligente, sino que estudiaba mucho pues me costaba trabajo retener lo que lo que leía.
Me encantaban los libros, y mi deseo de conocimiento semejaba un gran caudal. Era también un muchacho activo e inquieto al que le encantaba todo lo que fuera competir, por lo que con gusto iba a las competencias de atletismo.

A la mañana siguiente, emocionado y con temor, me despedí de mis padres: Mi papá me estrechó fuertemente entre sus brazos y me dió el poco dinero que tenía deseándome buen viaje y buena suerte, y a mi madre le dí un beso y musité un adiós. No recuerdo lo que le dije a mi hermano mayor pero sí recuerdo que a mis hermanos pequeños solamente los vi dormidos y me embargó una gran tristeza.

Llegué a la ciudad de Morelia como a las 10 de la mañana mas o menos, lleno de miedo y de incertidumbre a lo desconocido y pensada a donde iba a llegar: En esa primera ocasión tenía como fin sacar la ficha para la preparatoria y, como todas las carreras me gustaban, no llevaba en mi mente la noción clara de que quería estudiar.

Bajé del autobús en la central, esa que ahora está abandonada como un viejo que todos ven abandonado y siguen adelante sin detenerse. Caminé pausadamente y sin rumbo fijo hasta llegar al Jardín de las Rosas, subí la calle a un costado del colegio de San Nicolás, doblé hacia la izquierda y continué por la avenida Madero rumbo a catedral por los portales. Me daban ganas de llorar, no sabía que hacer ni qué me deparaba... no había a donde llegar.

Recordé de pronto que hacía unos 15 días habían ido a la secundaria unos estudiantes de la universidad y si mi memoria no me fallaba, ellos vivían en una casa de estudiantes y recordé que en ese entonces nos habían invitado a vivir ahí. El corazón me dio un vuelco y pensé que era el lugar ideal, que había que tomarles la palabra.
Busqué entre una guía de estudio que dos años antes mi hermano había conseguido con la intención de estudiar en escuela de Chapingo y que me había servido a mí para estudiar. Recordé que ahí había guardado un volante.
Era tal la desesperación que mis manos temblorosas se llenaron de sudor y escuchaba los latidos acelerados de mi corazón.
Cuando lo encontré, vi el nombre y la dirección, sin embargo para mí era imposible dar con ella pues no conocía la ciudad.
Seguí caminando hasta llegar a San José.

Estaba desesperado, quería llorar y regresar a mi pueblo, sin embargo, no me dejaría vencer por nada del mundo.

Desandé mis pasos y de nueva cuenta vi la catedral, ese edificio majestuoso que tanto me impresionaba: ¿Cómo no me iba a ocurrir eso, si en mi vida solamente había visto árboles y edificios de dos pisos en la Ciudad de Zacapu o en Zamora.

Mi desesperación era tal, que las lágrimas casi salían de mis ojos pues nadie me sabía decir donde se ubicaba esa casa.
Cabizbajo veía y pisaba mi propia sombra cuando, de pronto, sentí una mano sobre mi hombro y escuche una voz:
-Hola, ¿que haces acá, qué ha sido de ti?.
Era un compañero de secundaria que había conocido cuando yo cursaba el primer año de secundaria y él el tercero, ambos habíamos estado en la sociedad de alumnos.
-¡Qué gusto me da verte! -le respondí- vengo a sacar ficha para la prepa, pero busco la casa Espartaco.
-Acabo de entrar al primer semestre de filosofía y vivo en la casa de estudiantes Nicolaita, ven a vivir con nosotros -me contestó.
-No es mala idea, sin embargo ya me esperan el la Espartaco, ¿sabes donde está?
-Claro, si quieres te llevo a ella y te dejo en la puerta...

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