El Zapato, una anécdota
Fue una de esas tardes que no tuve clases porque el kilowatito, mi maestro de física, no había ido y el de historia de México avisó que tampoco iría.
No recuerdo el nombre de ellos pero sí viene a mi mente el recuerdo de sus frases características. Era común entre nosotros hacer apuestas sobre si repetiría la misma el profesor de historia.
Cada tarde, cuando nos tocaba su clase, se escuchaba la tan recordada frase: “como recordarán la clase pasada…” para continuar su larga y a veces cansada disertación sobre nuestros antepasados que intercambiaban oro por espejitos a los conquistadores europeos originarios de la madre patria.
En ese entonces yo era un muchacho de preparatoria y disfrutaba cuando salía temprano, sea porque coincidía que los maestros de las últimas horas del turno de la tarde se enfermaban o por que la flojera pegaba a ambos por igual ese día.
Caminaba tranquilo por la avenida Madero como a las seis de la tarde y llegué a uno de los portales del centro. Yo vivía una calle después de la plaza de armas.
Posiblemente el calor de verano me había influenciado o simplemente las hormonas masculinas habían logrado niveles más elevados. Vi a tres muchachas que caminaban platicando entre sí. Sus cuerpos eran hermosos y su andar lleno de cadencia por lo que yo imprimí menos velocidad a mi caminar para poder apreciarlas tranquilamente y por más tiempo.
Había caído una pequeña lluvia hacía más o menos una media hora atrás y se podían observar uno que otro charco de agua en las calles.
Sin pensar, embobado por ver el cadencioso caminar de las muchachas no lo pensé y dejé escapar un lamento de emoción que les llamó la atención.
Saqué de mí lo más corriente y vulgar que tenía guardado en mi inconsciente... mis sensaciones y deseos más ocultos, lo más hondamente reprimido haciendo a un lado el pudor y la timidez dueños de mi cotidianeidad y de mi personalidad habitual:
-¡A dios mamacitas, que chulas están!, me pueden invitar a caminar con ustedes?- casi grité.
Las muchachas voltearon a ver quien les hablaba, pero justo en ese momento pisé mal el borde de la banqueta de uno de los portales. El zapato del lado izquierdo salió de mi pie para ir a caer a mitad de la avenida en medio de un charco. Mi pie mostró mis dedos que dejaron ver mis calcetines rotos y solamente pude poner entre el suelo y mi cuerpo la mano derecha dejando caer estrepitosamente las libretas que llevaba en ellas.
Mi cara sudaba profusamente de la vergüenza y no atiné a decir nada.
Levanté mis libretas deseosos de regresar el tiempo y poder evitar ese momento. Apresuradamente me dirigí a recoger el zapato que en ese momento era aplastado por un coche que pasaba lentamente.Las muchachas reían de mi desgracia al igual que otras personas que habían visto lo mismo que ellas. Otras, solamente miraban sin comprender lo que pasaba e indagaban sobre ese hecho.
Ese día soñé que caminaba completamente desnudo por la avenida y todo mundo reía de mí.



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