Limosnas
Corrían los mediados de los ochenta y al portillo de nuestras casas se acercaba un fuereño, alguien que no conocíamos. Llegaba con un santo o una virgen adornados con múltiples estampitas y listones en una canasta y pedía limosna para ella. Y nosotros, los niños de ese entonces, la contemplábamos con respeto y admiración y aprisa, corríamos por unas mazorcas con la seguridad que al hacerlo vendría para nosotros el bienestar y las bendiciones por nuestra acción. Los limoneros de santos eran personajes de esos tiempo que, al igual que el que arreglaba tinas y cubetas o igual que el que arreglaba verdia petates o arreglaba sillas, fueron personajes que quedaron en la memoria de aquellos años y son ahora oficios perdidos. Y lo mismo daba para ellos recibir una moneda que unas mazorcas, porque para la virgen, todo era bueno. Era contidiano también que alguien que llegaba caminando a nuestro rancho o que fuera ya de salida llamará pidiendo agua.





