La Ciudad Cercana
Con el discurrir de los años tuve que dejar mi pueblo del estado de Michoacán pues había que estudiar.
Así transcurió el tiempo, y la vida de un muchacho pueblerino tenía que cambiar por completo en un campo de asfalto y, aunque Morelia es una ciudad donde su gente conserva aun mucho del comprtamiento propio de un pueblo, me cambió la forma de percibir las cosas.
Sin embargo, lo que nunca cambió, fue el deseo constante de regresar al pedazo de tierra donde transcurrió mi infancia, entre caminos polvorientos, canto de aves y unos pies descalzos aunque, casi siempre fuí feliz por la libertad conque se vivía en ese entonces.
Quise pasar el fin de año con mis padres, por lo que tomé mi mochila, empaque un pantalón, mis pantumflas, una playera, mi cámara fotográfica y tomé el autobús que me llevaría hacia la ciudad cercana.
Había un sinfín de gente que presurosa alguna y otra con la calma usual propia de una ciudad pequeña, compraba lo necesario para la noche de fín de año.
Compré yo tambien algo para llevar a mis padres, con el deseo de ver contentos a esos dos viejos cuyos rostros y cuerpo dejan ya ver que los años terminan con la fortaleza, la que pensamos que siempre hemos de tener cuando somos jovenes llenos de energía, esperanzas e iluciones y que nunca pensamos que el tiempo y el futuro termina por alcanzarnos.
Tomé el camión ya viejo y destartalado, aquel que acostumbra llevarme a mi pueblo y que era seguro me llevaría hasta esos caminos tanto recordados por mí y hacia esos viejos que tanto quiero.
El camino, antaño de tierra y ahora asfaltado traía a mi mente los recuerdos de mi infancia, y de vez en vez me arrancaba hondos suspiros al recordar aquella infancia feliz y amarga a la vez, de iluciones aveces no cumplidas o cumplidas otras veces.
Pasé una noche tranquila con ellos, entre pláticas de qué pasaba con nuestras vidas, de los viejos tiempos juntos y de las personas que recientemente habían dejado de ver esos campos tan queridos por mí para siempre.
El regreso a Morelia fue un poco complicado: Primero, el camión que me llevaría a la ciudad más cercana no pasaba, por lo que decidí recorrer una vez más el viejo sendero y aprovechar así para sacar algunas fotografías que se me hicieran interesantes sin embargo, al intentar hacerlo, me di cuenta que se había descargado la cámara y no traía pilas de repuesto.
Llegué a la carretera después de media hora.
Todo era una intensa calma inusual, el transporte era escaso y me inundaba una gran desesperación por la duda sobre si podía tomar un carro que me llevara a la ciudad cercana donde tomaría el autobús de regreso a Morelia.
Cuando logré hacerlo -que por cierto fue el de mi pueblo que terminó alcanzándome- ya estaba desesperado por la larga espera, y repiré hondo y con alivio cuando lo ví llegar. Ya en la ciudad cercana tomé el autobús de regreso: Lo ví mas lleno de lo normal, con la gente que tambien regresaba despues de haber estado la noche de año nuevo con su gente que quedaba en sus antiguas tierras.
Así emprendí el retorno, entre nostalgia y recuerdos. En uno de tantos pueblos que bordean la carretera, subió una señora de gruesas carnes -En realidad de muy gruesas carnes- que seguranete por su gula excesiva -traía consigo un gran plato de tacos y un reflresco de lata- tenía que cargar con un peso adicional al que seguramente su cuerpo debería tener y condicionaba en ella un lento caminar, pausado y dificultoso.
Pensé para mis adentro: Chin...¿ y ahora?.
Hasta entonces había ido cómodo y tranquilo admirando el paisaje que durante mas de 20 años cotidianamente veía, pero que sin embargo, cadavez me daba la impresión que era diferente y nuevo ante mis ojos. -¿Va ocupado? -me pregunta. -Puede sentarse- le respondí- pero lamentando mi mala suerte. Desde el momento en que puso su gran trasero en el asiento dejó de ser un viaje placentero para convertirse en un viaje incómodo y pesado. De vez en vez la señora se ponía de lado, aventando hacia mí esas grandes caderas que me arrinconaban más hacia la ventanilla y, como no tenía a donde hacerme, pues tenía que disimular que todo era comodidad, aunque estaba comprimido entre la pared del autobus y una inmensa humanidad, a tal grado que mi cuerpo ya se sentía lleno de dolor y calambres por todas partes.
Llegué a Morelia procedente de esa ciudad cercana y de una tierra y unos padres diariamente añorados.

Tomé mi mochila, bajé del autobus -obvio, después de que mi acompañante bajó primero- y pausadamente caminé hacia afuera de la terminal. Me paré en espera de una combi que me llevara a casa y ví un pequeño perrito de los llamados french poodle o algo así.
Me inspiró mucha ternura y me recordó a mi perro de la niñez, el que tanto caminó conmigo y que un día en su vejez murió sin tenerme a su lado.
Lo llamé pero siguió con su caminar vivaz.
Tenía un collar y parecía como que de vez en cuando le habían hecho pedigrí, por lo que imaginé que un día se perdió y ahora vagaba solo y convertido en un perro de la calle. Lo observé detenidamente.
Dio la media vuelta y se paró a la mitad de calle donde lentamente pasaba un taxi.
Yo estaba seguro que el taxista pararía su marcha pues era claro que lo veía y de eso no tenía duda alguna, así que no hice nada por evitar que lo arrollara.
De pronto escuché horribles ladridos y chillidos de dolor y mi sangre quedó helada:
Ví como las ruedas del taxi pasaban sobre este.
El perrito lloraba de dolor, se paró y asustado corrió intentando escapar: Parecía como que no le había pasado nada serio pero ya no tuve oportunidad de ayudarle pues se perdió allá a lo lejos de una cerca de alambre y cemento.
Lamenté no haberlo podido ayudar y también su infortunio; me pregunté porque hay tanta gente sin sentimientos o que gozan con el sufrimiento ajeno, me pregunté de la existencia de maldad.
Pensé en lo contradictorio de las cosas: Unos transitan la vida solos y dueños solo de sus necesidades. Otros con su gente viviendo una vida tranquila y sin problemas; unos tienen qué comer en abundancia y otros mueren en la pobreza mas obsoluta y dolorosa, en la soledad más triste y siendo arrollados por otros que tienen todo, incluso que les sobra maldad e insensibilidad.
Así transcurió el tiempo, y la vida de un muchacho pueblerino tenía que cambiar por completo en un campo de asfalto y, aunque Morelia es una ciudad donde su gente conserva aun mucho del comprtamiento propio de un pueblo, me cambió la forma de percibir las cosas.
Sin embargo, lo que nunca cambió, fue el deseo constante de regresar al pedazo de tierra donde transcurrió mi infancia, entre caminos polvorientos, canto de aves y unos pies descalzos aunque, casi siempre fuí feliz por la libertad conque se vivía en ese entonces.
Quise pasar el fin de año con mis padres, por lo que tomé mi mochila, empaque un pantalón, mis pantumflas, una playera, mi cámara fotográfica y tomé el autobús que me llevaría hacia la ciudad cercana.
Había un sinfín de gente que presurosa alguna y otra con la calma usual propia de una ciudad pequeña, compraba lo necesario para la noche de fín de año.
Compré yo tambien algo para llevar a mis padres, con el deseo de ver contentos a esos dos viejos cuyos rostros y cuerpo dejan ya ver que los años terminan con la fortaleza, la que pensamos que siempre hemos de tener cuando somos jovenes llenos de energía, esperanzas e iluciones y que nunca pensamos que el tiempo y el futuro termina por alcanzarnos.
Tomé el camión ya viejo y destartalado, aquel que acostumbra llevarme a mi pueblo y que era seguro me llevaría hasta esos caminos tanto recordados por mí y hacia esos viejos que tanto quiero.
El camino, antaño de tierra y ahora asfaltado traía a mi mente los recuerdos de mi infancia, y de vez en vez me arrancaba hondos suspiros al recordar aquella infancia feliz y amarga a la vez, de iluciones aveces no cumplidas o cumplidas otras veces.
Pasé una noche tranquila con ellos, entre pláticas de qué pasaba con nuestras vidas, de los viejos tiempos juntos y de las personas que recientemente habían dejado de ver esos campos tan queridos por mí para siempre.
El regreso a Morelia fue un poco complicado: Primero, el camión que me llevaría a la ciudad más cercana no pasaba, por lo que decidí recorrer una vez más el viejo sendero y aprovechar así para sacar algunas fotografías que se me hicieran interesantes sin embargo, al intentar hacerlo, me di cuenta que se había descargado la cámara y no traía pilas de repuesto.
Llegué a la carretera después de media hora.
Todo era una intensa calma inusual, el transporte era escaso y me inundaba una gran desesperación por la duda sobre si podía tomar un carro que me llevara a la ciudad cercana donde tomaría el autobús de regreso a Morelia.
Cuando logré hacerlo -que por cierto fue el de mi pueblo que terminó alcanzándome- ya estaba desesperado por la larga espera, y repiré hondo y con alivio cuando lo ví llegar. Ya en la ciudad cercana tomé el autobús de regreso: Lo ví mas lleno de lo normal, con la gente que tambien regresaba despues de haber estado la noche de año nuevo con su gente que quedaba en sus antiguas tierras.
Así emprendí el retorno, entre nostalgia y recuerdos. En uno de tantos pueblos que bordean la carretera, subió una señora de gruesas carnes -En realidad de muy gruesas carnes- que seguranete por su gula excesiva -traía consigo un gran plato de tacos y un reflresco de lata- tenía que cargar con un peso adicional al que seguramente su cuerpo debería tener y condicionaba en ella un lento caminar, pausado y dificultoso.
Pensé para mis adentro: Chin...¿ y ahora?.
Hasta entonces había ido cómodo y tranquilo admirando el paisaje que durante mas de 20 años cotidianamente veía, pero que sin embargo, cadavez me daba la impresión que era diferente y nuevo ante mis ojos. -¿Va ocupado? -me pregunta. -Puede sentarse- le respondí- pero lamentando mi mala suerte. Desde el momento en que puso su gran trasero en el asiento dejó de ser un viaje placentero para convertirse en un viaje incómodo y pesado. De vez en vez la señora se ponía de lado, aventando hacia mí esas grandes caderas que me arrinconaban más hacia la ventanilla y, como no tenía a donde hacerme, pues tenía que disimular que todo era comodidad, aunque estaba comprimido entre la pared del autobus y una inmensa humanidad, a tal grado que mi cuerpo ya se sentía lleno de dolor y calambres por todas partes.
Llegué a Morelia procedente de esa ciudad cercana y de una tierra y unos padres diariamente añorados.
Tomé mi mochila, bajé del autobus -obvio, después de que mi acompañante bajó primero- y pausadamente caminé hacia afuera de la terminal. Me paré en espera de una combi que me llevara a casa y ví un pequeño perrito de los llamados french poodle o algo así.
Me inspiró mucha ternura y me recordó a mi perro de la niñez, el que tanto caminó conmigo y que un día en su vejez murió sin tenerme a su lado.
Lo llamé pero siguió con su caminar vivaz.
Tenía un collar y parecía como que de vez en cuando le habían hecho pedigrí, por lo que imaginé que un día se perdió y ahora vagaba solo y convertido en un perro de la calle. Lo observé detenidamente.
Dio la media vuelta y se paró a la mitad de calle donde lentamente pasaba un taxi.
Yo estaba seguro que el taxista pararía su marcha pues era claro que lo veía y de eso no tenía duda alguna, así que no hice nada por evitar que lo arrollara.
De pronto escuché horribles ladridos y chillidos de dolor y mi sangre quedó helada:
Ví como las ruedas del taxi pasaban sobre este.
El perrito lloraba de dolor, se paró y asustado corrió intentando escapar: Parecía como que no le había pasado nada serio pero ya no tuve oportunidad de ayudarle pues se perdió allá a lo lejos de una cerca de alambre y cemento.
Lamenté no haberlo podido ayudar y también su infortunio; me pregunté porque hay tanta gente sin sentimientos o que gozan con el sufrimiento ajeno, me pregunté de la existencia de maldad.
Pensé en lo contradictorio de las cosas: Unos transitan la vida solos y dueños solo de sus necesidades. Otros con su gente viviendo una vida tranquila y sin problemas; unos tienen qué comer en abundancia y otros mueren en la pobreza mas obsoluta y dolorosa, en la soledad más triste y siendo arrollados por otros que tienen todo, incluso que les sobra maldad e insensibilidad.
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