El tesoro

Llegó al pueblo una persona, supuesto arqueólogo, por lo que en el lugar se empezó a correr la voz de esta llegada.

Daniel era una persona a la que le interesaban mucho estos temas, realmente no le interesaba la arqueología en sí sino, mas bien, el tesoro que potencialmente se encontraría con toda seguridad en esos lugares.

El cerro de las calaveras era una elevación de unos 30 metros de altura localizado en la manga, un paraje del lugar. Era sabido por todas las personas de cierta edad que allí lo común sería encontrar calaveras casi inmediatamente después de levantar cualquier piedra y se tenía conocimiento, aunque no seguro, que había sido en tiempos prehispánicos, un lugar de sacrificios – Por lo menos, esa era la idea-

Cuando Daniel se enteró que había llegado esta persona, buscó de inmediato la forma de platicar con el con cualquier pretexto. El arqueólogo era un hombre alto, de unos 25 años de edad aproximadamente y su aspecto daba la impresión de ser una persona culta y con una facilidad de palabra tan extrema que lo dejó embobado.

Don Daniel, se ve a todas luces que usted es una persona muy interesante e inteligente y es lo que yo necesito, ¿le interesaría ser mi ayudante?, usted sabe que en realidad no conozco este lugar y me han informado que la persona ideal que pueda ayudarme es usted.

Daniel se sintió halagado y no dudó en aceptar.

El arqueólogo le pidió que buscara a personas de su confianza, aquellas que supieran guardar secretos y fueran leales pues tenía la seguridad que harían grandes hallazgos que al el harían famoso y a ellos les daría el tesoro que según tenía entendido, existía allí.

-Con mucho gusto lo haré y me da gusto que al fin una persona de su preparación llegue al pueblo, lo que comprueba que siempre he tenido razón en relación a la existencia de tesoros, la gente de aquí es una incrédula, contestó-.

Al día siguiente Daniel se fue a buscara a Benigno, uno de sus grandes amigos y de ideas similares.

-Benino, ora sí nos vamos a hacer ricos, el arqueólogo que llegó al pueblo sabe que hay un tesoro en el Monte de las Calaveras y nos lo dejará a nosotros, el solo le interesa el descubrimiento y no el dinero.

Por fin hay alguien que nos entiende- contesta Benigno, pero creo conveniente que pocos sepan sobre esto.

Sí, el me pidió que buscara solamente gente de mi confianza y que no se nos fuera a ocurrir soltar la boca afirmó Daniel-.

Decidieron buscar gente de otros pueblos y les pidieron que no hablaran sobre el proyecto pues era algo muy delicado.

Pasaron los día y se hizo costumbre que este grupo de personas platicaran por horas bajo un capulín en los potreros. El tema preferido de todos ellos era los tesoros, los espantos y las leyendas terroríficas de los pueblos de cada uno. Algunas veces, llegaba a departir con ellos el muchacho tan admirado por todos ellos.

A veces, se iban de caza y lograban cazas conejos y ardillas y llenos de alegría la asaban para disfrutarlas entre bromas y carcajadas. Después, ya tarde, se iba cada uno a sus pueblos y a sus casas.

Una tarde llegó en arqueólogo y lo notaron preocupado:

-¿Que le pasa?, -le preguntaron-

-Nada muchachos, solo que he estado preocupado y hasta cierto punto incrédulo... es sobre el monte de las calaveras pero prefiero no decirles nada, no creo que sea verdad eso... creo que solamente son leyendas-contestó-.

Estas palabras inquietaron a Daniel y sus compañeros e insistieron:

Dígannos ingeniero, ¿a que se refiere?, ya nos picó la curiosidad.

Bueno, les diré, aunque no crean que creo en esas cosas -respondió y continuó-.

Ayer por la tarde decidí ir yo solo al lugar y al mover una piedra encontré un un mensaje, una visión tan real que me he negado a dar crédito a ella, pero no quiero decirles pues aunque pudiera creer que es cierto, me avergüenza que ustedes piensen que si creo eso soy un ignorante ¿Como una persona de mi preparación puede creer semejantes cosas?.

Por favor ingeniero, no nos meta dudas, si nos dice, le prometemos que no lo juzgaremos para nada – insistieron-.

Está bien muchachos... el mensaje decía que debemos hacer visita a siete templos de diferentes lugares, después debemos subir el cerro del Tecolote descalzos y juntar una buena cantidad de dinero para las mandas. Al séptimo día que cumplamos estos requisitos tendremos que permanecer encerrados con toda la familia en un cuarto de la casa. A las siete de la tarde de ese día del encierro, encontraremos parte del tesoro que le toca a cada quien en un rincón de la casa de cada uno. Entre más dinero me den para la manda, mayor sera la cantidad que le toque y le aparezca.

Al escuchar esto, Daniel y sus compañeros no dudaron un instante en las palabras del arqueólogo a quien ya tenían mucha confianza y las tomaron como verdad. Decidieron que las tomarían al pie de la letra, después de todo, bien valía la pena el sacrificio.

El ingeniero aclaró que como a el no le interesaba el dinero, pues el no iría al cerro pero con todo gusto los acompañaría a ir a alguno de los templos.

Eso hicieron: Visitaron los templos de Pátzcuaro, Zinzunzan, Comanja, Zacapu, Tiríndaro, y Coeneo, uno por día.

Al octavo día decidieron subir descalzos el cerro del tecolote. Los pies se apoyaban y la cuesta era más difícil de lo que creían al principio pero terminaron por hacerlo.

No es fácil todo esto, pero bien vale la pena- comentaban.

Esperaron siete días y por fin llegó el ansiado día.
Continuará

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