La caída, una anecdota para compartir


Nuestra vida está llena de problemas y eventos de todo tipo desde su inicio. Al momento que suceden pueden causar dolor, pena o vergüenza, pero con en paso del tiempo, toda tempestad se convierte en calma y los recuerdos pueden causarnos risa. ¡Es que todo pasa tarde o temprano y nos deja recuerdos que nos gusta recordar!.

La casa de estudiante donde voví mis años universitarios fue de sucesos  importantes y chuscos de todo tipo, a veces con problemas que parecían insalvables y luego, alegría y optimismo que no se alejaban un momento.

Por ese tiempo había dos casas: una de hombres y otra de mujeres,  con un comedor común en el fondo de la planta baja de la primera donde nos reuníamos, unos y otras, para comer  a horas específicas, sin que pudieramos hacerlo fuera de la hora establecida en un reglamento.
 
La casa de hombres había sido una edificación que hacía tal vez un año había sido tomada por los estudiantes fundadores para hacer de ese viejo edificio, una casa estudiantil, y fue así que al llegar yo a estudiar a la ciudad de Morelia, llegué a una morada estudiantil donde aún estaba en proceso la distribución de sus espacios, luciendo todavía con aspecto de una vieja casona; los baños y el cuarto para baño también estaban en la planta baja.


No había regaderas, y al ducharnos, lo hacíamos con un pequeño recipiente a jicarazos y calentando el agua en botes, usando una resistencia enrollada en espiral en un trozo de palo de escoba.

Para quienes no podíamos comprar ese alambre retorcido, no había más opción que bañarnos con agua helada porque el frío edificio no dejaba pasar el sol, de tal forma que los dientes castañeaban tanto que parecíamos calacas de películas de terros de los años 70.

Cierto día, siendo más allá de la mitad de la mañana, tomé mi toalla roída por el uso y por el tiempo que pasa destruyendo todo y bajé al cuarto de baño que estaba helado. Las paredes de cantera hacían mas frío el sitio que de por sí, de paredes altas y sin conocer los rayos de sol, era frío por naturaleza.
Tomé dos cubetas y saqué agua del algibe que estaba apenas traspasando la puerta de madera una vez entrando de la calle a la casa; era fría, helada, y no había forma de calentarla pero me duché así, entre grandes suspiros involuntarios tras cada jicarazo que daba a fuerzas a mi flaco cuerpo.

Al terminar el baño, mis dientes castañeaban intentando darme calor sin que yo pudiera aplacarlos; sequé mi cuerpo con la toalla y la coloqué luego a mi cintura sin ponerme nada abajo.

- Está roída pero nadie me verá - pensé.

Para llegar a mi cuarto que estaba en la planta alta, había que cruzar el patio y alcanzar las escaleras al otro extremo de él y subirlas, así que, con la toalla en mi cintura, calcé mis zapatos a medias y salí del baño tomando mi ropa para vestirme arriba con calma porque lo que imortaba era escapar del frío

Salí aprisa.

A mitad del patio vi que entraban en ese momento dos compañeras que quedaron pasmadas y sin hallar que hacer al verme en esas condiciones; solo se llevaron las manos a la boca mientras sus ojos se desorbitaban de la sorpresa al verme en esas condiciones. Estábamos a mitad del patio y regresar ya no era posible por lo que avergonzado, corrí a las escaleras imaginando lo ridículo de mi aspecto: un tonto con una toalla vieja que solo tapaba un poco dejando ver las nalgas flacas, enfundado en un par de zapatos a medio poner y mi, a mi nunca me pasó por la cabeza la hora de comer porque los sábados se comía más temprano.

Al correr, los tacones de los zapatos resbalaron y mi delgado cuerpo cayó pesado  sobre el piso de cuadros color pasa unos, y amarillos los otros, colocados como si fuera un tablero de ajedrez donde yo era un peón y ellas dos reinas que miraban muertas de risa y picardía,  pidiendo que me tomara todo con calma.

La ropa y la toalla cayeron a un metros de distancia y mis asentaderas queran expuestas. Intenté alcanzar la toalla sin lograrlo porque parecía que más bien, se negaba a regresar a mis manos desesperadas, como si se avergonzara también de mis nobles miserias.

Al final, terminé por abandonar mi lucha y me incorporé como un resorte cuidando tapar mis vergüenzas; abandoné ropa y zapatos pero, cuando creí alcanzar las escaleras, mi hombro derecho chocó con la esquina de la pared y volví a caer, pero ahora con el cuerpo mirando el techo.

Opté por subir las escaleras desnudo lo más rápido posible y dejar toalla, zapatos y ropa en el patio, tras las carcajadas burmonas y divertidas de algunos compañeros que no habían perdido detalle.
Ahora solo recuerdo la expresión de sorpresa y picardía en la cara de las muchachas del inicio de todo pero no se más de sus reacciones posteriores; es que mi mente se embotó y me preocupé más en ponerme a salvo y cuidar mi pudor, que darme cuenta de lo que pasaba alrededor mío transcurriendo todo tan aprisa.
Ya luego, dos de mis amigos quisieron consolarme después de las burlas y me invitaron esa tarde al cine después de haber curado el rapón del hombro derecho que dejó una cicatriz que recordará por siempre lo que ahora causa risa y en ese tiempo, vergüenza. 

Tardé varias semanas para mirar de frente a las muchachas y siempre tuve la sospecha de que platicaban entre ellas de mi dotación viril que con seguridad, vieron empequeñecida por el frío; realmente nunca dejaron de tener esa sonrisa pícara cuando nos encontrábamos en el comedor y me miraban desviando aprisa su mirada.



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