LA NOCHE DEL MIEDO

Aquella noche todo había sido tranquilo y él iba de regreso a su pueblo caminando la vereda apenas visible por la tenue luna que recién había salido del oriente; a veces, tropezaba en alguna piedra saliente del llano pero aprisa lograba el equilibrio evitando la caída.

Cruzó primero la cañada por donde un día fue el camino virreinal que pasaba a un lado de Comanja y se siguió de largo. Aprisa tomó la cuesta y luego cruzó la primera cerca; adelante lo esperaban los llanos despoblados y claros, eso le daba tranquilidad.

Ya era tarde, tal vez la una de la mañana y seguro su padre estaba preocupado por su tardanza, eso también le preocupaba.

Eran vacaciones de diciembre, las únicas que pasaba en su tierra en un año, no porque no quisiera, sino porque de alguna forma, intentaba mantenerse alejado de la gente.
Era un muchacho solitario que prefería las veredas y la soledad de los mogotes de aquella tierra que amaba pero que disfrutaba más en soledad porque los amigos de infancia ya se habían marchado; siguió el ascenso hasta pasar por el "Santo entierro", después que cruzó la segunda serca. Un poco más adelante del motón de piedras apiladas donde se dice que una mujer joven murió, estaba la otra cerca de piedra que dividía el territorio de su pueblo con Comanja

En su mente se agolpó de pronto el recuerdo con imágenes claras como si fuera una película recien vista de aquel hombre en la plancha del anfiteatro con su cara inamovible y sus ojos cerrados como mirando al infinito profundo. 
Hacía apenas dos días sus ojos lo habían visto en su primera práctica de anatomía y sus manos se había impregnado de olor a formol con carne blanquecina de cadaver y su corazón latió aprisa en un vuelco acelerado.

Del otro lado de la cerca iniciaba una bajada lenta entre jarachinas, capitanejas y huizaches y luego, a lo lejos, una barranca pronunciada esperaba ansiosa ser cruzada porque ya se había acostumbrado a sus pasos.

A su izquierda se veían las sombras profundas del lado oriente de la sierrita y a su espalda y la derecha - muy a lo lejos -las sombras del malpais que intentaban aclararse con la luna llena que se alejaba ya del horizonte iluminando todo entre claridad y sombras asentuadas con sus rayos.

Sintió que alguien lo observaba desde un lugar a la orilla de la vereda pero no vio a nadie y siguió aprisa intentando distraer la atención con momentos agradables; pasó el enorme huizache y siguió su camino aprisa intentando llegar lo mas pronto posible al llano claro antes de descender la barranca y se dio cuenta que lo seguían aunque no vio a nadie a pesar de que buscó de reojo y disimuladamente para no ser notado.

Llegó aprisa al llano e inició a bajar la barranca por un camino polvoso en el que se hundían sus zapatos ya cansados por la prisa; pasó bajo el viejo y alto grangeno que más bien parecía un fresno añoso y subio la barranca por la senda estrecha del risco que estaba al otro lado y vio ante sí el inicio de un llano tranquilo.

Al cruzar, sintió una gran calma y su corazón latió tranquilo; su ropa empapada de sudor se pegaba a su cuerpo y gruesas gotas de sudor helado perlaban su frente y aunque tras él escuchó unos quejidos como si alguien estuviera sufriendo un dolor inmenso, ya no le importó.

Subió por la vereda cruzando el llano hasta lo alto.

A lo lejos, las luces de su pueblo se veían titilantes y mucho más allá, las lejanas luces de Zacapu y Catabria daban una vista de paz, mientras por la ciénega, una luz se desplazaba despacio y con calma como si no quisiera aún llegar a su destino.






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