Travesuras

A veces, suceden cosas que no buscamos y que pueden meternos en problemas serios si son descubiertas.

Tengo la esperanza de que no solo a mi le ocurrió esto, porque son cosas que se sucedían en lo más cotidiano de una tarde cuando ayudábamos al abuelo, o cuando lo hacíamos con mamá a meter las gallinas al gallinero a principios de los años ochenta.

Hoy quiero confesar que, aunque ha pasado ya mucho tiempo, el remordimiento no me ha dejado en paz todos estos años y he tenido la necesidad imperiosa de sacar lo que me ha atormentado; lo hago  como un acto de honestidad porque no hay de otra y a alguien tengo que contarlo.

La becerrita Josca

Aquella tarde salí con el abuelo igual que lo hacía cada tarde cuando los elotes de las parcelas del Aserradero ya casi tomaban la dureza de las mazocas.

El abuelo, durante el día, hacía pastar las vacas en lo de "Emiliano Zapata" y por la tarde, acostumbraba cortar zacate de las parcelas del otro lado de cerca para complementar lo que habían pastado durante el resto del día.

- Hijo - me dijo con voz serena y característica de la forma muy suya de hablar- cuida que las vacas no se acerquen mientras corto zacate y no le quites los ojos de encima a mi becerrita Josca.

- Sí, abuelito, yo las cuido  - contesté atento ante su petición.
El abuelo brincó la cerca y con hoz afilada de forma impecable empezó a echar guadañazos chaponeando la milpa, juntando el zacate y aventándolo en grandes brazadas al otro lado de la cerca mientras yo, miraba atento y cuidaba que las vacas no se acercaran a darse un banquete antes de tiempo.

Mientras el abuelo manejaba diestro la hoz y sudoroso juntaba el zacate, yo no quitaba el los ojos de la becerra que tan encarecidamente me había encomendado. Realmente, me interesaba cuidarla porque sabía el cariño que a ella profesaba y quería yo ver feliz al abuelo y grangearlo para que me contara lo que me encantaba escuchar de él.

En una de esas, la becerrita Josca se metió entre las yerbas alejándose sin hacer caso a mis deseos para que parara y regresara a su sitio.

Yo, tranquilo ante unos pasos lentos pero decididos de la becerra para perderse entre los granjenos y capitanejas, corrí, me puse frente a ella y le lancé una piedra con tan mala suerte pero con tan buen tino, que di de lleno a mitad de la frente y cayó pesada pataleando hasta quedar inmóvil.

Sus ojitos brillosos y pelones me hicieron saber que algo no había estado bien con la pedrada y quedé helado sin saber que hacer, sin embargo, supe al momento que no era bueno que el abuelo lo supiera y salí chiflando disimulado de ahí cómo si nada pasara.

Mi abuelito, absorto en el manejo diestro de la hoz y el acarreo de zacate no se dió cuenta y siguió en lo suyo.

Ya casi obscurecia cuando terminó y dejamos que las vacas corrieran en desbandada hacía las pilas de zacate.

- Hombre, hijo - preguntó mientras buscaba entre las vacas ¿No ves por ahí mi becerrita Josca?
- No, abuelito, no la he visti - contesté despistado y mirando hacia otro lado.
- Mañana saldrá de por ahí - respondió el abuelito con un suspiro hondo y nos fuimos de regreso.

Al día siguiente apenas llegamos, se puso presuroso a buscarla pidiendo que también yo lo hiciera, se metió entre la hierba mientraa yo caminaba tras él.

Paró en seco diciendo:

- Hombre, hijo, mira mi becerrita Josca.
Y al musitar esto, se llevabó la mano a la cabeza rascándola resignado

- Abuelito ¿nos la vamos a comer? - pregunté.

- No, hijo, es que seguro murió de enfermedad - respondió mientras nos alejamos de ahí a cortar zacate y yo a cuidar que no se lo comieran antes de tiempo.





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